Autor: alex29910
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El Darlington Football Club fue un club de fútbol inglés fundado a finales del siglo XIX con sede en la ciudad de Darlington, Condado de Durham.
El club se fundó en 1883 y participó en varios torneos locales y nacionales. En 1885 ingresó por primera vez en la FA Cup, siendo eliminado por el Grimsby Town 8-0. Esa misma temporada disputó la final de la Durham
Challenge Cup y un año después ganó su primer título tras vencer al Sunderland en el estadio Feethams 3-0.
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- Relatos cortos
- Países del lol
- Piratas
- Misteriosa tierra llena de Yordles
- Escarpado monte
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A. Ventajas de beber agua (H2O)
- No tiene azúcar
- Es barata
B. Magnitudes en informática
- 1 GB son 103 MB
- 1 GiB son 210 MiB
Vídeo del BLOG
Este vídeo es sobre los temas que trata mi blog, es decir, del juego League of Legends. En el vídeo vais a ver en concreto un poco del juego en una partida personalizada y con un personaje que en mi opinión es bastante chulo con su skin definitivo. Este es el video de Udyr Guardián De Los Espíritus.
La responsabilidad de un autor.
Hoy hablaremos de un tema serio, este tema es la responsabilidad que tenemos los autores y creadores de contenido en los blog respecto a comentarios ofensivos o denigrantes.
Todo creador de contenido tendrá que afrontar comentarios y críticas, que podrán ser constructivas, positivas, negativas e incluso denigrantes. Sobre las críticas que denigran o faltan al honor de una persona está penado en la CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA en el artículo 18: “se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito.”

De todos modos el creador de contenido no debe dejarse llevar por los sentimientos en estos casos ya que no es bueno pensar con la mente nublada, el autor debe leer el comentario y con mente clara decidir si eliminar el mensaje o no. Aun que entrando en el juego de la persona que se dedica a perder tiempo en insultar, no es lo más aconsejable así solo lograremos que ese individuo se vuelva adicto a denigrar, en definitiva si es un comentario con intención de denigrar tenemos la opción de denunciarlo por violar un derecho constitucional o simplemente ignorarlo y borrarlo.
Los autores de blog tenemos poder para evitar a estos individuos pero aquí ya entramos en un conflicto moral sobre si es bueno o no devolverle el insulto a esa persona, sobre si borrar el mensaje, sobre si lo denuncias y sobre si lo ignoras.
Pero a mi parecer lo mejor es responder de forma MUY respetuosa a ese individuo para que se quede en blanco, porque en definitiva esos individuos lo único que quieren es molestar y que le respondas en caliente cosa que no debemos hacer.
Relato corto. El despertar de un héroe. Parte 2.
Los bárbaros tiraron de la capucha de la bestia, lo que reveló un hocico magullado y rugiente bajo un par de ojos de color negro azabache llenos de malicia. Despojada de la capucha, la criatura profirió un rugido aterrador, como si estuviera lista para destruir todo lo que tuviera a la vista. Los responsables del monstruo activaron un mecanismo que dejaba sueltas las cadenas, tras lo cual el mastodonte se lanzó contra la infantería enemiga y, en un instante, acabó con una docena de demacianos con tan solo un golpe de una garra similar a un sable.
Galio estaba horrorizado. Eran hombres que había protegido desde que eran niños. Quería llorar por ellos, al igual que había visto hacer a los humanos durante el luto, pero no estaba hecho para eso. Se concentró en su propósito y en la emoción de la lucha que le aguardaba. Era una bestia enorme y terrible, y estaba deseando ponerle las manos encima. Podía sentir cómo la vitalidad regresaba a su interior.
»¡Sí! ¡Por fin!».
La sensación recorrió rápidamente sus brazos, su cabeza y, finalmente, llegó hasta sus piernas. Podía moverse, por primera vez desde hacía un siglo. Por todo el valle retumbó un sonido, algo que no se había escuchado en toda la historia.
Se trataba del sonido de la risa de un gigante de piedra.

Galio saltó a la refriega, destrozando las toscas máquinas de asedio de los bárbaros. Enemigos y aliados por igual se detuvieron para observar boquiabiertos al gigante de piedra que se abría paso a golpes a través de la vanguardia. Como un monumento viviente, emergió del montón de soldados y se lanzó directamente a la estela del mastodonte.
—Hola, gran bestia —rugió—. ¿Puedo aplastarte?
La criatura echó su poderosa cabeza hacia atrás y aulló como aceptando el desafío. Los titanes corrieron el uno hacia el otro con una fuerza que hacía temblar la tierra. El mastodonte golpeó la parte central de Galio con el hombro y dejó escapar un quejido de dolor intenso mientras se desplomaba al suelo y se agarraba la clavícula. Galio se quedó observándolo desde arriba, reacio a golpear a un rival postrado.
—Venga, no te sientas mal —dijo Galio, gesticulando con entusiasmo con la mano—. Ha sido un buen intento. Venga, golpéame otra vez.
El monstruo se puso lentamente de pie y el brillo de rabia volvió a aparecer en su mirada. Golpeó a Galio con toda su fuerza, de forma que consiguió arrancar una parte de la cabeza con sus garras.
—Me has roto la corona —dijo el coloso, sorprendido gratamente, animado por la esperanza de un combate igualado. Golpeó a la bestia con la palma de la mano, lanzándola desde arriba como una maza y con toda la disposición de su estructura pétrea. El puño de petricita chocó con la carne del mastodonte y los aledaños del campo de batalla retumbaron con el crujido de los huesos gigantes.
El monstruo se tambaleó mientras golpeaba al aire, ciegamente, sin acertar a nada.
Galio agarró a la bestia gigante por la cintura con sus brazos monolíticos y apretó violentamente el torso, intentando partirle la columna, pero el mastodonte se deshizo del agarre y comenzó a dar vueltas a su alrededor con cuidado antes de retroceder.
—¡Espera! ¡Debemos finalizar la batalla! —bramó el coloso. Y comenzó a moverse hacia la bestia con la esperanza de que esta reconsiderara la huida.
Pero los leves gritos en el viento de sus camaradas demacianos llegaron hasta él. Sin darse cuenta, Galio había seguido al monstruo a cientos de metros de distancia, lejos del corazón de la batalla. Quería luchar con la criatura, pero sus camaradas humanos lo necesitaban.
A medida que la abominación se alejaba, Galio le echó un último vistazo melancólico.
—Hasta siempre, gran bestia.
Se dio la vuelta y se apresuró hasta sus camaradas. Más de la mitad estaban en el suelo yaciendo de agonía, torturados por espirales invisibles de energía. Supo de inmediato que se trataba de la misma magia que lo mantenía con vida.
El titán de piedra vio el terror en los rostros de los soldados antes de volverse de nuevo hacia el malvado hechicero. Galio sabía qué tenía que hacer y cuáles serían las consecuencias.
Se elevó alto en el aire y cayó con una fuerza estrepitosa sobre el mago, lo que interrumpió el infame encantamiento y aplastó al bárbaro contra el suelo. El resto de invasores estaban absortos, por lo que soltaros las armas aterrorizados y huyeron hacia todas direcciones.
A medida que la magia del hechicero se desvanecía, Galio se sentía en conflicto. La fuerza animada estaba desapareciendo de su cuerpo. Había salvado un sinfín de vidas, pero ahora volvía a un estado de hibernación.
No entendía por qué no tenía magia propia, al igual que la tenían el resto de seres vivos. ¿Por qué había sido creado de esa manera? ¿Cuál era la intención de su creador? Mientras sentía el frío abrazo del regreso al reposo, se reconfortó al saber que la vida era algo mágico y que, si la experimentaba, aunque fuera brevemente, merecía la pena.
Hasta el último día. Hasta que quebrase al último mago del mundo con sus firmes puños y el centinela de piedra de Demacia no se despertase nunca más.
Relato corto. El despertar de un héroe.
La guerra llegaba y Galio no podía más que observar cómo se preparaban los soldados demacianos. No se acordaba de cuánto había pasado desde la última vez que había probado la magia. Ya había descendido del pedestal muchas veces antes, pero siempre volvía sin la ocasión de poder vivir. Aunque su cuerpo estaba inmóvil, su mente siempre estaba activa.
Y anhelaba luchar.
Galio podía ver a las enfurecidas filas de bárbaros norteños en la distancia. Hasta con los sentidos apaciguados en ese estado onírico, podía percibir que las hileras eran irregulares e indisciplinadas, moviéndose de un lado a otro por el ansia de encontrarse con sus enemigos demacianos. Galio había escuchado a hablar de estos salvajes muchas veces, dadas sus conquistas recientes.

La temerosa gente de la ciudad susurraba que los freljordianos no dejaban a nadie con vida y que clavaban las cabezas de sus enemigos en los enormes colmillos de bestias desconocidas…
Pero al coloso no le interesaban en absoluto los bárbaros. Sus ojos se habían cruzado con algo mejor, una forma titánica que parecía tan alta como las colinas que quedaban a su espalda. Se movía ominosamente, con los movimientos de un mar agitado, esperando a ser liberada.
»¿Qué es eso?», pensó Galio esperanzado. «Espero que luche».
A sus pies, sus camaradas demacianos marchaban con una sincronización precisa, recitando un cántico, evitando todo pensamiento salvo el de la batalla. Sonaban seguros y confiaban en sí mismos para hacerse con la victoria, pero, para Galio, que había escuchado tantas veces esta canción, la cadencia era menos certera, más titubeante.
»No están muy contentos de enfrentarse a esta bestia gigante. ¡Lo haré yo por ellos!».
Galio se veía inundado por la necesidad de levantar a cada uno de estos hombres y decirles que todo iría bien, que él saltaría y perseguiría al ejército invasor de vuelta a la frontera… pero no podía hacerlo. Sus brazos, piernas y garras estaban tan frías e inertes como la piedra que le dio forma. Necesitaba un catalizador, una presencia mágica poderosa de algún tipo, que lo despertarse de su sueño en vida.
»Espero que haya un mago esta vez», pensó con la mirada puesta en el horizonte. »No suele haberlo. Odio cuando no lo hay».
La preocupación creció en él cuando escuchó los resoplidos de cansancio de los bueyes que tiraban de él. Se contaban por docenas e, incluso así, tenían que ser reemplazados por otros descansados cada pocos kilómetros. Durante un breve momento, Galio pensó que todos se desmayarían y lo dejarían en las zarzas exteriores de Demacia mientras los humanos se divertían.
Entonces, por fin, el carro se detuvo en el borde del campo de batalla. Sabía que no habría negociación, que no habría manera de que los enemigos salvajes se rindieran. Galio podía oír el repiqueteo de sus pequeños camaradas humanos juntando los escudos, dando lugar a un firme muro de acero. Pero sabía que, fuera lo que fuera la enorme bestia de los bárbaros, estaba más que claro que atravesaría el fino armamento demaciano.
Los dos bandos se lanzaron el uno al otro, dando lugar a una batalla de extremidades y espadas. Galio escuchaba cómo chocaban las espadas y las hachas se encontraban con los escudos. Hombres de ambos ejércitos caían muertos sobre el lodo. Las voces valientes que Galio conocía bien ahora lloraban como niños en busca de su madre.
El suave corazón del gigante de piedra comenzó a estremecerse. Y, sin embargo, seguía sin poder salir de la parálisis.
De repente, un destello cegador de color morado abrasó la contienda y decenas de demacianos cayeron de rodillas. Y entonces Galio lo notó, esa sensación familiar en la punta de los dedos, como el calor del sol de mediodía sobre el frío alabastro. Casi podía contonearlos…
El destello apareció de nuevo y se cobró la vida de más heroicos soldados demacianos. Los sentidos de Galio cobraron vida con una agudeza sorprendente y pudo ver el conflicto con extremo detalle. Los cuerpos de hombres con armaduras quebradas estaban esparcidos sobre el campo en posturas grotescas. Muchos bárbaros yacían muertos en charcos de su propia sangre.
Y, en la distancia, detrás de las filas, un cobarde hechicero estaba invocando un orbe chispeante entre sus manos, preparando el próximo ataque.
»Ahí está. Él es la razón por la que he despertado» se dio cuenta Galio, primero agradecido, furioso después. »¡Lo aplastaré a él primero!».
Pero su atención se fijó de nuevo en la forma monstruosa a lo lejos, en el borde del campo de batalla. Por fin pudo verlo con claridad: una criatura enorme, mastodóntica, cubierta de un pelaje grueso y apelmazado. Forcejeaba con las cadenas de acero que lo sujetaban. Movía la cabeza con violencia para intentar liberarse de la enorme capucha que le cubría los ojos.
Galio sonrió: »Ese es un enemigo digno de mis puños».
Continuara……
Relato corto. Día nevado.
La nieve cae durante toda la mañana y cubre la tierra con una helada capa blanca. Uno a uno, los copos caen como plumas del cielo, suavemente al principio y, después, rápidamente y al unísono. Pronto, el aullido de la ventisca amortigua todos los sonidos, salvo por el peculiar estrépito de una cueva cercana, donde una centella de color naranja y azul rebota arriba y abajo, de izquierda a derecha.

Gnar está inquieto, enfadado con el mundo. Ha pasado el tiempo dibujando en la nieve bajo el abrigo de la roca y la piedra, pero nada está saliendo como se lo imagina. Sujetando un bumerán de hueso casi del tamaño de su torso, el joven yordle maldice al suelo.
—¡Shubbanuffa! —dice. Esto puede significar una de dos. O cree que la nieve no está cooperando o es que le apetece un trago de leche dulce. No se puede saber con certeza.
Gnar pasa de un boceto inacabado a otro a toda velocidad, cada uno con escenas similares. Representan a bandas de yordles despreocupados viviendo felices entre las tribus del helado norte. A veces, las bestias salvajes son una cabeza más altas que los de su especie. Otras, el propio Gnar es el más alto de todos. Estas pequeñas diferencias no lo distraen. En lugar de eso, sus grandes ojos se fijan en su bumerán y su pata lo guía para trazar una gran silueta con movimientos largos y amplios.
—Onna legga —murmura Gnar para sí mismo. Esto significa que no desea ser molestado. En el pasado, otros puede que lo confundieran con «Oga lagga», que significa que le encantaría recibir un abrazo.
Gnar se inclina hacia abajo, sujetando el boomerang con la boca para tener las patas libres. Aparta montones de tierra molestos con las garras. Su nariz olfatea el suelo en busca de algún bicho errante que se atreva a estropear su trabajo. Satisfecho con los resultados, Gnar da una voltereta hacia atrás para tener una vista más amplia.

La nieve apilada muestra la imagen de un monstruo tuerto con tentáculos del tamaño de una montaña.
—¡Wabbo! —exclama Gnar entusiasmado mientras el bumerán se le cae de boca. El monstruo es temible en su justa medida, exactamente como se lo había imaginado. Con un tentáculo atraviesa un rebaño entero de elnüks. Con otro, sujeta un montón de elkyrs como si fueran ramitas.
—Ganaloo mo —protesta Gnar. Tras una inspección más concienzuda, parece que sus elnüks se parecen demasiado a los elkyrs. Esto no iba a servir. Se acerca para tocar su obra, pero se detiene. Sus grandes orejas se agitan y su interior violeta vibra en tensión.
Unos pasos se acercan a cuatro patas desde el exterior de su cueva. Puede que sea el monstruo, y tal vez haya llegado para expresar su descontento con la forma en la que es representado.
Agarrando su bumerán, Gnar se pone en pie sobre sus dos patas traseras.
—¡Nakotak! —dice desafiante, preparado para enfrentarse a su oponente una vez más. En realidad está entusiasmado. Desde que se despertó de aquella larga siesta, se ha preguntado a dónde se llevó a sus amigos el monstruo. Al fin iba a conseguir algunas respuestas.
Pero lo que entra en su cueva no ve a través de un ojo, sino de dos.
Y en lugar de tentáculos tiene patas, fuertes y robustas. Un pelaje grueso cubre todo su cuerpo, formando una melena escarchada que le corona la cabeza y el lomo. La cara llena de cicatrices tiene un gesto agotado y amargo, y en ella destacan dos colmillos de marfil y un hocico regordete y rígido.
Qué criatura tan extraña, piensa Gnar para sí mismo.
Mientras el gigantesco drüvask entra, solo es capaz de ver la comodidad de la piedra sobre su cabeza. Respira profundamente mientras un vaho de niebla empaña el aire frío. Las pezuñas de la bestia sacuden el suelo, agitando montones de nieve como si fuesen salpicaduras de leche. Todo el arte de Gnar se echa a perder tras unos cuantos pasos pesados.
—¡Raag! ¡Wap!
El bumerán de Gnar golpea al jabalí entre ceja y ceja. La aturdida bestia sacude la cabeza, parpadeando rápidamente mientras deja escapar un gruñido de enfado. Gnar jadea frenéticamente, empuñando su preciada arma lo suficientemente alta como para que el jabalí identifique la fuente de su dolor.
Como si de truenos y rayos se tratasen, la cueva retumba dos veces con rugidos de rabia.
Salen al exterior el jabalí y un yordle gigante. De un tamaño mayor que su enemigo, Gnar golpea al intruso con sus puños, ahora enormes. Su ira intensifica cada puñetazo, golpeando una y otra vez sobre la gruesa piel del jabalí.
La lucha parecía que terminaría tan rápidamente como se inició, hasta que, de alguna manera, la bestia salvaje patea el abdomen de Gnar con sus pezuñas para hacerle retroceder. El colosal yordle se derrumba junto a su cueva, levantando montones de nieve al caer. Con la espalda puntiaguda expuesta y la cabeza dándole vueltas, Gnar oye resoplidos y resuellos repetidas veces, y el ruido de pezuñas arañando cada vez más rápido en el suelo invernal.
La ventisca aúlla con más fuerza que antes, como si el mismísimo Freljord se estuviese preparando para perder a uno de los suyos.
—¡GNAR! —brama el enorme yordle mientras esquiva la carga del jabalí. En un abrir y cerrar de ojos, golpea con sus enormes brazos la parte trasera de la cabeza de la bestia, estrellándola contra la rocosa entrada de la cueva.

Un chillido difuso atraviesa el viento. Rocas congeladas se desmoronan sobre el jabalí, ahora inmóvil en el suelo.
Gnar se acerca con dificultad a la bestia, con respiraciones cortas y apresuradas. Empuja el cuerpo inerte con el pie. No se mueve.
Decide que se ha quedado dormido, aunque todavía está sorprendido y por eso tiene los ojos abiertos. Curiosamente, la nieve en torno al jabalí se tiñe de un rojo intenso. Todo esto parece muy raro y, aun así, no es la primera vez que algo como eso llama la atención de Gnar.
La memoria le trae recuerdos similares. Antes de la larga siesta, vio a diferentes tribus gritándose incoherencias mientras se lanzaban palos puntiagudos entre sí. Ese juego parecía emocionante aunque agotador, y Gnar los observaba hasta que los suficientes de un bando se quedaban dormidos sobre la nieve roja. Debían de estar terriblemente cansados, al igual que este extraño y cornudo yordle.
Pensar en aquellos días del pasado hace que Gnar se quede pensativo. Recuerda que se despertó de la larga siesta creyendo que el mundo le había arrebatado todo lo que le era conocido. Se le relaja la respiración, se le hunden los hombros y se le encogen los pies hasta tal punto que ni él mismo se creería que se encuentra sobre sus propias huellas de hace apenas unos segundos.
El pequeño yordle se apresura hacia su cueva para recuperar su bumerán, abrazándolo con todas sus fuerzas. Es lo único que no le abandonó tras la larga siesta.
Gnar mira un momento al jabalí. Está descansando a la intemperie sin emitir ni un sonido. Colocando el boomerang en el suelo con suavidad, se fija de nuevo en la tormenta.
La ventisca continuaba con fuerza. A Gnar no le molesta, pero puede que a la bestia durmiente sí. Reúne toda la nieve que puede con sus pequeñas patas y la coloca con cuidado sobre el jabalí.
A fin de cuentas está durmiendo, y necesitará una manta.