La nieve cae durante toda la mañana y cubre la tierra con una helada capa blanca. Uno a uno, los copos caen como plumas del cielo, suavemente al principio y, después, rápidamente y al unísono. Pronto, el aullido de la ventisca amortigua todos los sonidos, salvo por el peculiar estrépito de una cueva cercana, donde una centella de color naranja y azul rebota arriba y abajo, de izquierda a derecha.

Gnar está inquieto, enfadado con el mundo. Ha pasado el tiempo dibujando en la nieve bajo el abrigo de la roca y la piedra, pero nada está saliendo como se lo imagina. Sujetando un bumerán de hueso casi del tamaño de su torso, el joven yordle maldice al suelo.
—¡Shubbanuffa! —dice. Esto puede significar una de dos. O cree que la nieve no está cooperando o es que le apetece un trago de leche dulce. No se puede saber con certeza.
Gnar pasa de un boceto inacabado a otro a toda velocidad, cada uno con escenas similares. Representan a bandas de yordles despreocupados viviendo felices entre las tribus del helado norte. A veces, las bestias salvajes son una cabeza más altas que los de su especie. Otras, el propio Gnar es el más alto de todos. Estas pequeñas diferencias no lo distraen. En lugar de eso, sus grandes ojos se fijan en su bumerán y su pata lo guía para trazar una gran silueta con movimientos largos y amplios.
—Onna legga —murmura Gnar para sí mismo. Esto significa que no desea ser molestado. En el pasado, otros puede que lo confundieran con «Oga lagga», que significa que le encantaría recibir un abrazo.
Gnar se inclina hacia abajo, sujetando el boomerang con la boca para tener las patas libres. Aparta montones de tierra molestos con las garras. Su nariz olfatea el suelo en busca de algún bicho errante que se atreva a estropear su trabajo. Satisfecho con los resultados, Gnar da una voltereta hacia atrás para tener una vista más amplia.

La nieve apilada muestra la imagen de un monstruo tuerto con tentáculos del tamaño de una montaña.
—¡Wabbo! —exclama Gnar entusiasmado mientras el bumerán se le cae de boca. El monstruo es temible en su justa medida, exactamente como se lo había imaginado. Con un tentáculo atraviesa un rebaño entero de elnüks. Con otro, sujeta un montón de elkyrs como si fueran ramitas.
—Ganaloo mo —protesta Gnar. Tras una inspección más concienzuda, parece que sus elnüks se parecen demasiado a los elkyrs. Esto no iba a servir. Se acerca para tocar su obra, pero se detiene. Sus grandes orejas se agitan y su interior violeta vibra en tensión.
Unos pasos se acercan a cuatro patas desde el exterior de su cueva. Puede que sea el monstruo, y tal vez haya llegado para expresar su descontento con la forma en la que es representado.
Agarrando su bumerán, Gnar se pone en pie sobre sus dos patas traseras.
—¡Nakotak! —dice desafiante, preparado para enfrentarse a su oponente una vez más. En realidad está entusiasmado. Desde que se despertó de aquella larga siesta, se ha preguntado a dónde se llevó a sus amigos el monstruo. Al fin iba a conseguir algunas respuestas.
Pero lo que entra en su cueva no ve a través de un ojo, sino de dos.
Y en lugar de tentáculos tiene patas, fuertes y robustas. Un pelaje grueso cubre todo su cuerpo, formando una melena escarchada que le corona la cabeza y el lomo. La cara llena de cicatrices tiene un gesto agotado y amargo, y en ella destacan dos colmillos de marfil y un hocico regordete y rígido.
Qué criatura tan extraña, piensa Gnar para sí mismo.
Mientras el gigantesco drüvask entra, solo es capaz de ver la comodidad de la piedra sobre su cabeza. Respira profundamente mientras un vaho de niebla empaña el aire frío. Las pezuñas de la bestia sacuden el suelo, agitando montones de nieve como si fuesen salpicaduras de leche. Todo el arte de Gnar se echa a perder tras unos cuantos pasos pesados.
—¡Raag! ¡Wap!
El bumerán de Gnar golpea al jabalí entre ceja y ceja. La aturdida bestia sacude la cabeza, parpadeando rápidamente mientras deja escapar un gruñido de enfado. Gnar jadea frenéticamente, empuñando su preciada arma lo suficientemente alta como para que el jabalí identifique la fuente de su dolor.
Como si de truenos y rayos se tratasen, la cueva retumba dos veces con rugidos de rabia.
Salen al exterior el jabalí y un yordle gigante. De un tamaño mayor que su enemigo, Gnar golpea al intruso con sus puños, ahora enormes. Su ira intensifica cada puñetazo, golpeando una y otra vez sobre la gruesa piel del jabalí.
La lucha parecía que terminaría tan rápidamente como se inició, hasta que, de alguna manera, la bestia salvaje patea el abdomen de Gnar con sus pezuñas para hacerle retroceder. El colosal yordle se derrumba junto a su cueva, levantando montones de nieve al caer. Con la espalda puntiaguda expuesta y la cabeza dándole vueltas, Gnar oye resoplidos y resuellos repetidas veces, y el ruido de pezuñas arañando cada vez más rápido en el suelo invernal.
La ventisca aúlla con más fuerza que antes, como si el mismísimo Freljord se estuviese preparando para perder a uno de los suyos.
—¡GNAR! —brama el enorme yordle mientras esquiva la carga del jabalí. En un abrir y cerrar de ojos, golpea con sus enormes brazos la parte trasera de la cabeza de la bestia, estrellándola contra la rocosa entrada de la cueva.

Un chillido difuso atraviesa el viento. Rocas congeladas se desmoronan sobre el jabalí, ahora inmóvil en el suelo.
Gnar se acerca con dificultad a la bestia, con respiraciones cortas y apresuradas. Empuja el cuerpo inerte con el pie. No se mueve.
Decide que se ha quedado dormido, aunque todavía está sorprendido y por eso tiene los ojos abiertos. Curiosamente, la nieve en torno al jabalí se tiñe de un rojo intenso. Todo esto parece muy raro y, aun así, no es la primera vez que algo como eso llama la atención de Gnar.
La memoria le trae recuerdos similares. Antes de la larga siesta, vio a diferentes tribus gritándose incoherencias mientras se lanzaban palos puntiagudos entre sí. Ese juego parecía emocionante aunque agotador, y Gnar los observaba hasta que los suficientes de un bando se quedaban dormidos sobre la nieve roja. Debían de estar terriblemente cansados, al igual que este extraño y cornudo yordle.
Pensar en aquellos días del pasado hace que Gnar se quede pensativo. Recuerda que se despertó de la larga siesta creyendo que el mundo le había arrebatado todo lo que le era conocido. Se le relaja la respiración, se le hunden los hombros y se le encogen los pies hasta tal punto que ni él mismo se creería que se encuentra sobre sus propias huellas de hace apenas unos segundos.
El pequeño yordle se apresura hacia su cueva para recuperar su bumerán, abrazándolo con todas sus fuerzas. Es lo único que no le abandonó tras la larga siesta.
Gnar mira un momento al jabalí. Está descansando a la intemperie sin emitir ni un sonido. Colocando el boomerang en el suelo con suavidad, se fija de nuevo en la tormenta.
La ventisca continuaba con fuerza. A Gnar no le molesta, pero puede que a la bestia durmiente sí. Reúne toda la nieve que puede con sus pequeñas patas y la coloca con cuidado sobre el jabalí.
A fin de cuentas está durmiendo, y necesitará una manta.