Relato corto. La presa.

Rengar olió la sangre antes de ver a los humanos muertos. Calculaba que eran seis, aproximadamente, pero era difícil adivinar una cantidad exacta, considerando el número de trozos en los que habían sido desgarrados. Sus espadas estaban esparcidas por la colina, pues habían sido tan útiles como unos simples cubiertos.

Temible cazador

Se arrodilló y lamió la sangre del suelo.

La sintió fría en la lengua. Seguía estando dulce, pero tenía el toque amargo del hierro.

Hacía menos de una hora que había sido derramada.

Al darse la vuelta con uno de los miembros amputados en la mano, Rengar encontró un reguero de saliva verdosa colgando del punto en el que el brazo había sido arrancado del cuerpo. Se acercó el muñón a la nariz y lo olfateó.

La saliva olía horrible, como un cadáver podrido en un charco de excrementos. Al notarlo, a Rengar le entraron ganas de vomitar, a pesar de que tenía un estómago más fuerte que el de la mayoría.

Mostró su amplia y dentada sonrisa. La criatura que infectó estas heridas sería fácil de rastrear.

Rengar observó desde la maleza cómo el pielafilada hendía sus garras en el cráneo de un anciano y lo hacía pedazos con sus dientes de hueso. Aulló enfadado, mostrando su insatisfacción ante la escasez de comida.

La bestia gigante de cuatro patas pisoteó la tienda de campaña del anciano, aplastándola con tan solo un pie. Después, arrancó la lona y la hizo pedazos con los dientes.

Al apartar el saco de dormir del hombre, aulló de felicidad en el mismo instante en el que Rengar escuchó los gritos de un chico joven.

Un pequeño.

Asustado. Un buen miedo. Un miedo delicioso.

Hora de comer. Hora de acallar los gritos. Hora de…

Dolor.

Dolor en la nuca. Un dolor afilado y caliente. ¿Algo le picaba? No. Más y más dolor. Puñaladas afiladas. Algo con un arma. Algo que quería luchar.

Quizás, una presa sabrosa.

Rengar agarró el sable kirai con una mano. El pielafilada se sacudía hacia delante y hacia atrás, en un intento por deshacerse de él. Con la otra mano, agarró un cuchillo y, con él, perforó la curtida piel de la bestia, una y otra vez. Sabía que nunca mataría a la bestia de ese modo, pero la haría sangrar. La confundiría.

Con suerte, entraría en pánico.

El pielafilada cayó sobre su estómago y rodó, arrastrando a Rengar consigo. Era rápido, mucho más de lo que Rengar habría imaginado para una criatura de su tamaño. Apenas tuvo tiempo de agarrar sus cuchillas y saltar para escapar.

Los dos combatientes se pusieron en pie. La sangre chorreaba por las escamas del pielafilada, tan punzantes que podrían cercenar una extremidad. El conjunto de todas las escamas formaba una capa protectora casi impenetrable, al mismo tiempo que servía como miles de armas. Rodeó a Rengar, olisqueando el aire. Rengar se imaginaba que nunca podría ganar un combate directo contra la bestia. Era demasiado grande, rápida y fuerte.

Toda una vida de cicatrices le habían enseñado los secretos de la caza. No se trataba de ser fuerte, sino de saber cuándo retirarse y cuándo atacar.

Y en esta ocasión tocaba retirarse.

Salió corriendo del poblado, hacia las hierbas altas que lo rodeaban. El pielafilada saltó tras él para perseguirlo, con sus pies golpeando la tierra. Rengar podía oírlo detrás de él. Podría esconderse en la hierba, pero el pielafilada lo alcanzaría mucho antes.

Solo necesitaba unos segundos más.

El vastaya tuerto estará delicioso. Solo hay un bocado más sabroso que un ser vivo joven: alguien que ha intentado matarte.

¿Aplastar a la bestia felina hasta la muerte antes de comérmela? No. Sería mejor tragármelo entero, sentir como pelea por su vida, cada vez con más fuerza, hasta ese delicioso momento en el que parase.

Desencajo la mandíbula. Mastico, siento la calidez de la sangre…

Tropiezo. Caigo. ¿Qué?

Algún tipo de arma… tres bolas atadas entre sí con cuero… enredadas entre las patas.

Mal.

Quieto. Escapo fácilmente. Pero la bestia felina no está. Solo el crujido de la hierba alta señala a dónde iba.

Me pongo a seguirla. La bestia felina es pequeña, está asustada.

Yo, grande y rápido.

Aplastaré toda la hierba alta si hace falta…

Dolor.

Algo cálido me chorrea por las patas. ¿De dónde viene? ¿De atrás?

La bestia felina no está. Ha huido de nuevo.

Dolor. Más dolor, por dentro. Es molesto. No pasa nada. No es más que molesto.

Comienzo a correr. No importa adónde. Gano terreno. Cojo fuerzas.

Me doy la vuelta. ¿Dónde está el vastaya? Quizá ha huido. Quizá se esconde, espera.

Esta era la mejor parte. Invisible en la hierba alta. Su presa estaba alerta, pero no era lo suficientemente inteligente como para estar asustada.

El momento de silencio antes del ataque. Antes de que la presa supiera lo indefensa que se encontraba. Antes de que aullase de dolor, su sangre se derramase, y la adrenalina y la felicidad lo inundasen.

Rengar inclinó la cabeza hacia atrás y rugió.

¿De dónde viene ese rugido? Parece que viene de todos lados. No es un rugido de ira. Tampoco de miedo.

Emoción.

Me acerco.

No, ha sido un error. Campo abierto. Corro. Escapo.

Me cuesta respirar. ¿Por qué?

La herida en el costado. ¿Más profunda de lo que parecía? Garganta húmeda. Me ahogo. Sangre.

No debo parar.

¿Dónde está el poblado? ¿Por aquí? No, por allí.

El vastaya sigue rugiendo. Se sigue acercando.

Corro. No importa adónde. Simplemente corr…

Un destello de metal. Aire frío en el estómago.

No, dentro del estómago.

Sentía que me voy a desmayar. Escucho algo húmedo y pesado golpear el suelo. Muchas cosas húmedas y pesadas.

Miro hacia atrás. Vísceras. Fluido. Un reguero rojo y verde.

Dolor. Un dolor agudo, palpitante, punzante. Por todas partes.

No puedo levantarme. Patas dobladas. Me cuesta respirar. Escucho pasos acercándose.

El sonido de un cuchillo desenvainándose.

Siento algo. Algo nuevo. Algo terrible. No es hambre, ni odio, ni alegría.

Es miedo.

Rengar se acercó al pielafilada tumbado. Sus pies seguían golpeando el aire mientras la sangre le salía a borbotones del enorme tajo en la barriga. Tenía las pupilas dilatadas.

¿Qué trofeo se llevaría? ¿Su cráneo? ¿Sus crines?

La criatura levantó la cabeza y movió la mandíbula, mordiendo el aire con rabia y confusión.

Rengar sonrió. Los dientes de hueso de la criatura eran afilados. Perfecto.

Uno de esos sería una buena pieza para su collar.

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