Los bárbaros tiraron de la capucha de la bestia, lo que reveló un hocico magullado y rugiente bajo un par de ojos de color negro azabache llenos de malicia. Despojada de la capucha, la criatura profirió un rugido aterrador, como si estuviera lista para destruir todo lo que tuviera a la vista. Los responsables del monstruo activaron un mecanismo que dejaba sueltas las cadenas, tras lo cual el mastodonte se lanzó contra la infantería enemiga y, en un instante, acabó con una docena de demacianos con tan solo un golpe de una garra similar a un sable.
Galio estaba horrorizado. Eran hombres que había protegido desde que eran niños. Quería llorar por ellos, al igual que había visto hacer a los humanos durante el luto, pero no estaba hecho para eso. Se concentró en su propósito y en la emoción de la lucha que le aguardaba. Era una bestia enorme y terrible, y estaba deseando ponerle las manos encima. Podía sentir cómo la vitalidad regresaba a su interior.
»¡Sí! ¡Por fin!».
La sensación recorrió rápidamente sus brazos, su cabeza y, finalmente, llegó hasta sus piernas. Podía moverse, por primera vez desde hacía un siglo. Por todo el valle retumbó un sonido, algo que no se había escuchado en toda la historia.
Se trataba del sonido de la risa de un gigante de piedra.

Galio saltó a la refriega, destrozando las toscas máquinas de asedio de los bárbaros. Enemigos y aliados por igual se detuvieron para observar boquiabiertos al gigante de piedra que se abría paso a golpes a través de la vanguardia. Como un monumento viviente, emergió del montón de soldados y se lanzó directamente a la estela del mastodonte.
—Hola, gran bestia —rugió—. ¿Puedo aplastarte?
La criatura echó su poderosa cabeza hacia atrás y aulló como aceptando el desafío. Los titanes corrieron el uno hacia el otro con una fuerza que hacía temblar la tierra. El mastodonte golpeó la parte central de Galio con el hombro y dejó escapar un quejido de dolor intenso mientras se desplomaba al suelo y se agarraba la clavícula. Galio se quedó observándolo desde arriba, reacio a golpear a un rival postrado.
—Venga, no te sientas mal —dijo Galio, gesticulando con entusiasmo con la mano—. Ha sido un buen intento. Venga, golpéame otra vez.
El monstruo se puso lentamente de pie y el brillo de rabia volvió a aparecer en su mirada. Golpeó a Galio con toda su fuerza, de forma que consiguió arrancar una parte de la cabeza con sus garras.
—Me has roto la corona —dijo el coloso, sorprendido gratamente, animado por la esperanza de un combate igualado. Golpeó a la bestia con la palma de la mano, lanzándola desde arriba como una maza y con toda la disposición de su estructura pétrea. El puño de petricita chocó con la carne del mastodonte y los aledaños del campo de batalla retumbaron con el crujido de los huesos gigantes.
El monstruo se tambaleó mientras golpeaba al aire, ciegamente, sin acertar a nada.
Galio agarró a la bestia gigante por la cintura con sus brazos monolíticos y apretó violentamente el torso, intentando partirle la columna, pero el mastodonte se deshizo del agarre y comenzó a dar vueltas a su alrededor con cuidado antes de retroceder.
—¡Espera! ¡Debemos finalizar la batalla! —bramó el coloso. Y comenzó a moverse hacia la bestia con la esperanza de que esta reconsiderara la huida.
Pero los leves gritos en el viento de sus camaradas demacianos llegaron hasta él. Sin darse cuenta, Galio había seguido al monstruo a cientos de metros de distancia, lejos del corazón de la batalla. Quería luchar con la criatura, pero sus camaradas humanos lo necesitaban.
A medida que la abominación se alejaba, Galio le echó un último vistazo melancólico.
—Hasta siempre, gran bestia.
Se dio la vuelta y se apresuró hasta sus camaradas. Más de la mitad estaban en el suelo yaciendo de agonía, torturados por espirales invisibles de energía. Supo de inmediato que se trataba de la misma magia que lo mantenía con vida.
El titán de piedra vio el terror en los rostros de los soldados antes de volverse de nuevo hacia el malvado hechicero. Galio sabía qué tenía que hacer y cuáles serían las consecuencias.
Se elevó alto en el aire y cayó con una fuerza estrepitosa sobre el mago, lo que interrumpió el infame encantamiento y aplastó al bárbaro contra el suelo. El resto de invasores estaban absortos, por lo que soltaros las armas aterrorizados y huyeron hacia todas direcciones.
A medida que la magia del hechicero se desvanecía, Galio se sentía en conflicto. La fuerza animada estaba desapareciendo de su cuerpo. Había salvado un sinfín de vidas, pero ahora volvía a un estado de hibernación.
No entendía por qué no tenía magia propia, al igual que la tenían el resto de seres vivos. ¿Por qué había sido creado de esa manera? ¿Cuál era la intención de su creador? Mientras sentía el frío abrazo del regreso al reposo, se reconfortó al saber que la vida era algo mágico y que, si la experimentaba, aunque fuera brevemente, merecía la pena.
Hasta el último día. Hasta que quebrase al último mago del mundo con sus firmes puños y el centinela de piedra de Demacia no se despertase nunca más.






